El Vino como Obra Abierta: el placer del Fondillón
- Fernanda Sordo
- 30 ene
- 3 Min. de lectura
Para Roland Barthes, la escritura es la destrucción de toda voz: es la muerte del autor. Esta premisa se extiende a cualquier obra de arte; una vez que una pintura se cuelga en una sala o un libro llega a las librerías, el autor "muere" porque su intención original deja de ser la única verdad. La obra ya no le pertenece.
En ese momento, el arte adquiere dimensiones estratosféricas —permítaseme la exageración—, pues al volverse "neutro", se abre a interpretaciones infinitas. El vino es arte. Como toda obra, tiene un creador (el enólogo), pero al salir al mercado, el vino deja de pertenecerle. Se vuelve libre y comienza a vivir realmente en quien lo consume. Es ahí, en el encuentro entre la copa y el paladar, donde nace la estética.
La Estética como Emoción Pura
La estética, como rama de la filosofía que estudia la belleza y la sensibilidad, moldea cómo percibimos el mundo a través de los sentidos. El vino es intrínsecamente subjetivo: el enólogo intenta plasmar una visión, pero la experiencia final es puramente mía. Es mi emoción la que la completa.
Bajo esta premisa, recuerdo un momento donde la estética dejó de ser teoría para convertirse en puro sentimiento.

Imaginen el contexto: el Barrio de Salamanca en Madrid. Un pequeño local con aire de los años veinte, decorado con un estilo neoclásico español de lujo o "neo-cañí". Es un lugar que no solo te invita a pasar, sino que te secuestra. Al entrar, la vista y el gusto se inundan simultáneamente. Sobre una barra robusta coquetean ostras, gambas, jamón ibérico y latas de caviar. Pero el paraíso del sibarita no estaría completo sin la sublime mojama de atún. Ante tal joya del sur de España, la pregunta era obligada: ¿con qué maridarla? La respuesta llegó en forma de otra joya, esta vez de Alicante: el Fondillón. Como bien dice la enóloga Julia Casado, existe un "hambre estética" que nos conecta con el placer del vino. Si aquel momento no era la definición de hambre estética, no sé qué pueda ser.
El Protagonista: Fondillón, el Tesoro de la Monastrell
Démosle a este vino histórico el lugar protagónico que merece. Si en ocasiones anteriores hemos hablado de la uva Monastrell como una variedad digna de un título nobiliario, al hablar de Fondillón debemos mirar hacia Alicante.El Fondillón es un vino único en el mundo, reconocido por su historia y exclusividad bajo la D.O. Alicante. Sus características lo hacen legendario:Elaborado 100% con uvas Monastrell sobremaduradas en la cepa. Pasa por un proceso de crianza oxidativa mínima de 10 años en toneles de roble. A diferencia de otros vinos dulces, su graduación es natural; no es un vino encabezado (no se le añade alcohol).

Al servirlo, revela un color caoba-ámbar intenso. En nariz, es un desfile de frutos secos, higos, madera vieja y toques amielados. En boca, su dulzor sedoso equilibra la salinidad extrema de la mojama, creando un maridaje por contraste que explota en el paladar de forma elegante y persistente. Volviendo a Barthes y la escritura: no es casualidad que este vino alicantino haya sido inmortalizado en las páginas de Shakespeare, Dumas, Dostoievski y Cervantes.
Quizás yo no tenga un título de nobleza, pero cada vez que entro a Manero por una copa de Fondillón, me siento como si lo tuviera. Al final, el autor ha muerto.



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