El vino como carta de amor.
- Fernanda Sordo
- 20 ene
- 3 Min. de lectura
"La figura enfoca la dialéctica particular de la carta de amor a la vez vacía (codificada) y expresiva (cargada de ganas de significar el deseo)" Barthes, R.
En su libro Fragmentos de un discurso amoroso, Roland Barthes disecciona la dialéctica de la carta de amor: ese objeto que nace siempre de una tensión. Por un lado, está la carta vacía, esa que utiliza códigos ya escritos, frases hechas y lugares comunes (el cliché). Por el otro, está la carta expresiva, aquella que desborda el lenguaje porque está cargada de una "ganas de significar" el deseo, buscando una intensidad que las palabras ordinarias no alcanzan.

¿Qué hace esta reflexión en un blog de vinos? Lo hace todo. El vino, como la carta de amor, corre el riesgo de volverse un código vacío si solo hablamos de taninos, barricas y notas de cata. Sin embargo, el vino es, en esencia, el brebaje del amor. Tiene el poder de rescatar del olvido un momento particular y una persona específica: nos devuelve a un bar en el barrio de Huertas en Madrid, a una copa de D.O. Jumilla, a dos femeninos: la Monastrell y a una dama. Mi intención es que este texto sea esa carta de Barthes que logra escapar del cliché. Quiero que la historia de la Monastrell no sea una ficha técnica, sino una energía personal que vibre y que sea una muestra de profundo afecto a alguien en la distancia, como antes se hacía mediante el correo postal.
Una estirpe de resistencia: De los fenicios al "pie franco"

Para entender la intensidad de esta "dama" del Levante, hay que mirar su genealogía. La vitis vinifera no es una recién llegada; fue el regalo de la colonización fenicia. En Villa-res, en el Alt de Baminaquia (Denia) exiten restos de asentamientos fortificados. A los fenicios les interesó el levante español por su riqueza en hierro y la infuelncia de Ibiza para el comercio. Como apunta el arqueólogo Fernando Prados Martínez en la revista de Historia Antigua Gerión, estos navegantes introdujeron la domesticación de la vid en los siglos IX y VIII a.C. La Monastrell es hija de esa ruta que entró por Mataró en Barcelona y por Sagunto (la antigua Morvedre, cuyo nombre resonaría siglos después en el Mourvèdre francés). Hay vestigios de yacimientos fenicios que producían vino en tierras baleares, catalanas, valencianas, murcianas, alicanitinas, malagueñas y gaditanas.
Esta uva es el testimonio vivo de una resistencia casi romántica. Mientras que gran parte de Europa tuvo que rendirse a los injertos de vid americana para sobrevivir a la plaga de la filoxera, en los suelos arenosos y calizos de Jumilla encontramos viñedos de pie franco. Son vides que nunca fueron "traducidas" ni intervenidas; son puramente europeas, originales y auténticas. Dando por supuesto a vinos con esas características
El sabor de lo que no tiene sustituto.
En países como México, la costumbre nos ha hecho leer casi exclusivamente en "tempranillo", una lengua que dominamos por inercia histórica viendo en la mayoría de las mesas vinos de Rioja o de Ribera del Duero, pero quienes hemos probado un Monastrell de Jumilla o Bullas sabemos que hay otras formas de decir "gran vino".

La Monastrell no susurra; es carnosa, jugosa y potente. Visualmente tiene un color intenso y profundo. Suele presentar un rojo rubí oscuro con ribetes granates o violáceos debido a su alta carga de antocianos (pigmentos). En nariz predominan las frutas negras maduras (moras, ciruelas pasas, higos). Con el tiempo, desarrolla notas de monte bajo (tomillo, romero) y un toque animal o de cuero muy elegante. Sus notas de frutas negras maduras y sus matices balsámicos no son un lenguaje de segunda mano; son una presencia física, compleja y equilibrada. En boca es una uva con "cuerpo". Tiene una graduación alcohólica alta y una tanicidad potente pero dulce (si está bien madurada). Su acidez es moderada, lo que la hace sentir carnosa y amplia.
Escribir sobre la Monastrell es, en última instancia, un intento de llenar el código del vino con una verdad propia, para que cada copa deje de ser una etiqueta y se convierta en un mensaje vibrante. Hace diez años, cuando la probé, entendí que el vino, al igual que el amor según Barthes, solo es verdadero cuando nos conecta con algo original, potente, complejo y siempre sorprendente, como aquella otra dama.



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